Por Paulina Lasarte Karr

miércoles, 26 de octubre de 2011

La importancia del nombre - cuento de Epaminondas

Cuando era pequeña, mi Avia me contaba el cuento de Epaminondas, un negrito desastroso que metía la pata constantemente. De ahí el nombre del blog. Era mi cuento preferido, y hace un tiempo le pedí que me lo escribiese porque no lo recordaba, y quería contárselo a mi hija. Mi abuela me mandó unas fotocopias del libro "Contes de l'ávia", escrito por su abuela, Carme Karr i Alfonsetti, una de las promotoras más adelantadas del feminismo catalán de principios del siglo XX, periodista, escritora, musicóloga y publicista.  El cuento es una adaptación del folclore americano (Guinea) y está publicado en catalán, así que lo he traducido al castellano tan bien como he podido.
Disfrutadlo!

En un territorio de los Estados Unidos, vivía una negra que tenía un hijo, al que quería mucho. Era del color del banús más puro, como su madre, tenía los ojos muy grandes, dulces y expresivos, y el cabello todo ensortijado.

La negra se sentía toda orgullosa de haber traído al mundo un niño que le parecía el más bonito y más vivaracho de la Tierra. Y como lo creía predestinado a grandes cosas, y por otra parte no disponía de bienes materiales, pensó en dar a su hijo un nombre bien glorioso.

Había oído relatar las gestas de grandes hombres de la antigüedad, y por eso llamó a su hijo Epaminondas, en memoria de aquel general griego, conocido por sus dotes de estrategia que le hicieron ganador de célebres batallas.

En un pueblo vecino al suyo, Epaminondas tenía una madrina a la que quería mucho, y a la que visitaba a menudo, volviendo siempre a casa con algún regalo de la buena mujer.

Un día, ella le dio un gran trozo de bizcocho.

-          Cómete la mitad, y el resto llévaselo a tu madre, ten cuidado de no perderlo por el camino, agárralo bien fuerte.

-          No tenga miedo, madrina, respondió Epaminondas.

Y después de dar las gracias, se volvió a su casa, cogiendo bien fuerte, para no perderlo, el trozo de bizcocho. Cumplió de tal manera el encargo de su madrina, que cuando llegó a su cabaña, no pudo darle a su madre más que unas migas que tenía pegadas a las palmas de las manos.

-          Veamos, qué llevas ahí?

-          Un trozo de bizcocho que me ha dado para ti la madrina, respondió Epaminondas

-          Bizcocho, ¿dices?, ¿dónde está? – indagó la negra, contemplando la mano de su hijo, que permanecía asombrada, buscando las migajas que le quedaban entre los dedos.

-          Alabado sea Dios! ¿qué has hecho, criatura, con el bizcocho que te han dado?

El negrito explicó como había seguido la recomendación de la madrina.

-          Ay Señor, Señor! –exclamó la madre- . Epaminondas, hijo mío, ¿qué has hecho con el talento, que con el nombre te dí al nacer? … Esta no es la manera de llevar un trozo de bizcocho, estúpido, ¿no lo comprendes?

El negrito abría los ojos y la boca escuchando a su madre, que seguía aleccionándolo con cuidado.

-          Fíjate bien, Epaminondas. Otra vez, cogerás un trozo de papel fino y limpio, y envolverás el regalo, y para no perderlo te los pondrás sobre la cabeza, encima del sombrero, y te vendrás deprisa a casa. ¿Me has entendido bien?

-          Si, mamá, sí, ¡ya lo creo!- respondió Epaminondas con cara de enterado.

Unos días después, el negrito recibió, de manos de su madrina, una pastilla de mantequilla recién hecha. Era exquisita, y el negrito, recordando las recomendaciones de su madre, envolvió la mantequilla en un papel fino y limpio, y se lo puso sobre la cabeza, se encasquetó el sombrero encima, y emprendió totalmente satisfecho el camino hacia su cabaña.

Hacía un día muy caluroso y el sol de Luisiana lucía de lo lindo. El tocayo del gran general griego caminaba sin turbarse debajo de las goteras de mantequilla, que se estaba fundiendo, fundiendo, deslizándose en regueros aceitosos por su cara y sus ropas.  Llegó a casa hecho un desastre.
Su madre, al verlo así, levantó los brazos al cielo.
-          Válgame Dios, Epaminondas, en qué estado vienes, ¿qué llevas en la cara y sobre la ropa?
-          Mantequilla, madre, mantequilla fresca que me ha dado la madrina, ¡y he tenido mucho cuidado de hacer con ella lo que me habían encomendado!
-          ¿qué dices, desventurado? … ¿en qué has convertido el talento que deberías tener llevando un nombre como el que llevas? ¿no sabes que la mantequilla no se lleva así?
-          Entonces, ¿Cómo, mamá?- preguntó el negrito bien atento, abriendo los ojos.
-          Hijo mío, Epaminondas de mi corazón, fíjate bien en lo que voy a decirte: Coges unas hojas, la envuelves cuidadosamente con ellas, mejor si puedes atarlas. De vez en cuando, pones el paquete bajo el agua de los riachuelos que encuentres de camino, para refrescarlo bien. Lo sacas del agua y te vienes a casa, ¿Me has entendido bien?
-          ¡Ya lo creo! – exclamó el negrito, todo poseedor de los consejos que le acababan de dar.
Al cabo de un tiempo, Epaminondas fue otra vez a visitar a su generosa madrina, que, en aquella ocasión, le regaló… nunca diríais qué!.. pues un cachorrito de perro de pocas semanas, muy cuco, de pelo blanco todo rizado. Después de dar las gracias por el regalo, Epaminondas se fue todo contento y satisfecho, emprendiendo el camino hacia su casa.
De repente, se acordó de los consejos maternos, y, entrando en un campo al borde del camino, cogió una lechuga, y sin hacer caso a los ladridos del perrito, le envolvió dentro de un montón de hojas, y después de atarlo todo bien apretado, con el cordel de una peonza que llevaba en el bolsillo, reemprendió la ruta a su cabaña, siguiendo el riachuelo que bajaba por todo lo largo del camino. Haciendo memoria de las palabras de su madre, de tanto en tanto, ponía al perrito dentro del agua fresca, le tenía un rato, lo volvía a sacar y, cien pasos más allá, lo volvía a bañar.
Nada tenía de extraño, entonces, que al llegar a casa, el infeliz perro estuviera casi axfisiado
-          Epaminondas- gritó la madre al verle venir- ¿qué llevas ahí?
-          Un perrito muy cuco que me ha regalado la madrina- respondió todo satisfecho el negrito, enseñándoselo a su madre.
-          Ay, Santa buena madre de Guadalupe, hijo Mío! La que has armado! ¿Dónde está tu talento, ya que te llamas Epaminondas?  ¿No sabías, desgraciado, que tenía que coger un trozo de cuerda, atarla al cuello del perro, ponerlo en el suelo, y cogiendo un extremo de ella, traerlo hasta llegar a casa? ¿me has entendido? ¿lo recordarás?
-          Sí señora- respondió Epaminondas- Ya no se me olvidará más, tenlo por seguro.
Efectivamente.
Al cabo de unos día, la generosa madrina, en la visita que le hizo su ahijado, le regaló una barra de pan larga, crujiente y tostada en el horno.
Epaminondas, recordando la recomendación de su madre, la ató con una cuerda que llevaba a posta por un extremo, la puso en el suelo, cogió el otro extremo y se fue todo satisfecho hasta su cabaña.
Su madre, al darse cuenta de que llevaba arrastrándola tan contento, lo recibió a gritos:
-          Pero, hijo mío, ¿qué llevas así?
-          Mira, mamá – respondió con alegría el negrito- un pan que me ha regalado la madrina- ¿no lo ves?
-          ¿qué si no lo veo, dices?... un pan! Un pan, y lo llevas así, arrastrándolo por tierra… ay hijo de mi corazón, tú no tienes sentido ni lo has tenido nunca, ni creo que lo tengas en el resto de tu vida… Y pensar que te di tanto talento, llamándote Epaminondas- iba exclamando la pobre mujer, desconsolada- Ya no volverás nunca a casa de tu madrina. Ire yo. Y conste que no te explicaré nada nunca más.
Pasaron unos días, al cabo de los cuales, una tarde, la negra se cambió para ir a visitar a la madrina de su hijo. Antes de salir de casa, dirigiéndose a su hijo, le dijo:
-Mira, pon atención a lo que voy a recomendarte, Epaminondas. En el dintel de la puerta de la cabaña dejo una tabla con seis pasteles que acabo de sacar del horno, para que se enfríen. Vigílalas, que no se los coma ningún perro ni que las coja nadie, y si has de salir de casa, pon atención en no pisar con los pies los pasteles ¿entendido?
Epaminondas prometió cumplir el recado de su madre, y mientras esta se alejaba, contempló los seis pasteles que se enfriaban sobre la tabla en el dintel de la puerta.
¡Qué bonitas y olorosas eran! De buena gana se habría comido una Epaminondas. Pero rehuyó la tentación, porque era obediente como el que más.
-          ¡Epaminondas!- gritó un vecino, desde su cabaña- Ven, que te enseñaré el libro que me ha regalado la maestra.
Nuestro negrito miró a su izquierda y a su derecha para asegurarse de que los pasteles corrían el riesgo de recibir alguna visita inoportuna. Tranquilo, gritó al vecino:
-          Espera, que ya voy, pero todavía tenía que salir de la casa como su madre había dicho que tenía que hacerlo.
Y con gran cuidad, fue poniendo un pie en el centro de cada pastel, contando:
-          Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis!- y fue a ver a su compañero.
Os podeis imaginar en el estado en que quedaron los pobres pasteles… De lo que pasó cuando volvió de sus visitas la negra , no hemos sabido nada… Únicamente, pudimos enterarnos de que, meses después, nació un hijo de esta buena mujer, y ésta, que no podía renunciar a tener un hijo de talento, le puso por nombre “Brutus”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario